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Desnudos para la foto, de madrugada y en la 9 de Julio

Desnudos para la foto, de madrugada y en la 9 de Julio -

Respondieron a la convocatoria del artista estadounidense Spencer Tunick, quien ya realizó tomas similares en distintos lugares del mundo.

Todavía se veía la luna. La avenida 9 de Julio, a la altura de Hipólito Yrigoyen estaba cortada por decenas de policías. Cientos de personas iban y venían iluminados por la luz azul de los patrulleros. Muchos ni sabían de qué se trataba, pero iban y venían igual, esperando enterarse. En una de las plazoletas del boulevard se agrupaban los protagonistas: las 400 personas que posarían completamente desnudas y en plena avenida para el artista neoyorquino Spencer Tunick.

A ellos, modelos espontáneos convocados por Internet y tevé, aún vestidos, se los distinguía por tener un papel en la mano. Para posar había que llenar un formulario y presentar el documento de identidad. A los otros, los curiosos, por sonreír todo el tiempo y criticar.

 

Megáfono en mano, un miembro de la organización “Solo somos superhéroes” explicaba cómo se desarrollaría todo. A las 6.30 de la mañana, una gran parte de los voluntarios había optado por hacer un continuado: noche del viernes, fiesta, disco, avenida 9 de Julio.

Había de todo: personas que jamás pisar

 

on una galería de arte, fervientes consumidores de revistas fashion, remiseros, amas de casa, estudiantes de cine o diseño; modernos, semimodernos, muy modernos, clásicos, normales, hippies, retros, new age, cool y hasta un panelista de un programas de chimentos.

 

Había muchos más hombres que mujeres. La mayoría, jóvenes. Aunque también había gente de 40 y 50 años. Grupos de amigos, novios y matrimonios.

Pantalón beige impecable, cinturón, zapatos, camisa azul y pelo bien corto, Milton de Almagro, no parecería el candidato ideal a nudista pero él estaba decidido: “Para nosotros es un tabú salir desnudos y esta es una manera de vencerlo”. Su esposa no parecía para nada dispuesta, quizá pensaba en sus dos hijos.

“Dale —insistía él—, ¿v

 

 

es?, después te regalan una foto”. No había caso, su mujer ni siquiera miraba a la cronista. Habían pasado la noche tomando café en un bar cercano.

 

 

A esa hora, aún de noche, estaba claro que el que se animara a ser fotografiado debía resignarse no sólo a ser observado por la lente de Tunick, sino también por cientos de curiosos. La mayoría había venido de lugares lejanos sólo para no perderse el espectáculo. Aparecían con perros, como vecinos en un paseo matinal. Otros llegaban equipados con cámaras de fotos y filmadoras.

Osvaldo, 70 años, vino de

 

 

 

sde Chacarita. “Tanta gente desnuda nunca se vio en público”, justifica. ¿Pero qué le parece? Piensa un rato, duda, y finalmente sentencia, “Ridículo”.

 

 

 

Casi como adivinando, Tunick, traducido por uno de los organizadores del evento, advierte, “esto es una fiesta, no se preocupen por la prensa y el público”.

Un grupito de punks filosofaba. “Cada vez me convenzo más de que la masa es estúpida”. Su amigo, 15 años y aritos por todas partes: “Sí, ya sé, pero en qué te basás para afirmarlo”. Sin respuesta.

De la plazoleta inicial se pasa a otra. “Dejen la ropa en el lugar, que la Policía la va a cuidar”. Grito generalizado: Noooooo!!!!!!

Algunos, en esa etapa, se arrepintieron

 

. Para más tarde volver a arrepentirse por no haberse animado. Hasta que llegó el momento. Siete y cuarto. Así, delante de todos y apiñados para darse coraje, se quitaron buzos, remeras, polleras, pantalones, zapatillas, calzoncillos, corpiños y bombachas. Y salieron corriendo.

 

A puro grito, una marea humana d

 

 

e pieles canelas, blancas, rosas, pieles de colores hermosos. Pieles que apenas instantes antes, con la ropa y accesorios no podían apreciarse tan bonitas.

 

 

Las fotos tomaron unos 20 minutos. “No posen”, “Como si durmieran”, “No miren a la cámara”, “Ahora”. Los nudistas obedecían, tirados, desparramados por la inmensa avenida. En una pausa, un par aprovechó para filmarse uno a otro con el Obelisco de fondo, como un turista en la Piazza Navona.

Cambio de escenario. Del medio de la avenida

 

 

 

 pasaron a la segunda toma, en la esquina de Avenida de Mayo, a los pies de un inmenso mural. Corren los desnudos. Corren los fotógrafos, camarógrafos, noteros y la gente. De nuevo al suelo. “Bajen los brazos”, “Un poco más”, “Una más”. “¡OK!” Aplausos, gritos.

 

 

 

Eufóricos, vencedores, exultantes,

 

 

 

 

 los desnudos volvieron al césped. En segundos estaban todos vestidos. En segundos estaban todos hablando con la prensa, comentando la experiencia. “Es lo mejor que me pasó en la vida”. “Maravilloso”. “No puedo creer haber estado desnudo en medio de la 9 de Julio”.

 

 

 

 

Mientras en las imágenes que finalmente forman la obra de Tunick, es la vulnerabilidad de la desnudez frente a las ciudades lo que impacta, en su producción, en la experiencia que la genera, sin duda, ganan los cuerpos.

Fuente: Diario Clarín (Sociedad) 7-4-2002. Autora: Laura Gent

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