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¿Desnudarse es feminista?

Un cuerpo femenino sin ropa despierta todo tipo de juicios contra las mujeres. ¿A qué se debe esto?

Primero, cada mujer tiene derecho a desnudarse donde quiera y a elegir que le tomen fotos desnuda. Eso no tiene nada de malo. Un cuerpo desnudo es solo un cuerpo desnudo, no tendría que ser sorpresa para nadie que una mujer tenga pezones debajo de su blusa. Pero como vivimos en un mundo sexista, el desnudo de una mujer es leído como un motivo de vergüenza, una pérdida de la virtud, una muestra de falta de autoestima, un semáforo en verde para que otros se masturben con su imagen. En realidad es absurdo que tantas lecturas castiguen a las mujeres por desnudarse, mientras que si un hombre lo hace, por mucho llega a ser irreverente. Y se pone peor: si una mujer se desnuda y le gusta su cuerpo, la gente la acusará de vanidosa, superficial, provocadora y hasta estúpida. En resumen, las mujeres somos castigadas si tomamos control de nuestro cuerpo y, más aún, si osamos asumirnos como seres sexuales.  

El problema no es que las mujeres se desnuden. El problema es que muchas veces esos desnudos son explotados por una industria que deshumaniza y explota los cuerpos de las mujeres para lucrarse. En 1975, la crítica feminista Laura Mulvey creó el concepto ‘male gaze’. Mulvey argumenta que en el cine se impone una mirada masculina; es decir, la cámara asume la perspectiva de un hombre, heterosexual, cisgénero. Esto se evidencia cuando la cámara nos impone mirar de arriba a abajo un cuerpo, o cuando solo vemos un cierto tipo de desnudo (el de la mujer joven y delgada), que es el único que agrada al patriarcado. Decimos que es una mirada que ‘deshumaniza’ porque se trata de un sujeto que mira a un objeto (y ese objeto es una persona, como las mujeres en Playboy). Es una mirada tan invasiva que las mujeres la hemos interiorizado cuando nos miramos en el espejo. Sirve, cómo no, para vender revistas, películas y todo tipo de entretenimiento. Esa convergencia compleja de los cuerpos de las mujeres convertidos en mercancía y el castigo social que provoca el desnudo hace que sean productos casi irresistibles.En vez de criticar a las mujeres por desnudarse ante una cámara, tendríamos que criticar a una industria que las explota y les promete fama para no tener que darles honorarios justos. Que nos dice a diario que solo hay una forma de belleza. Pero el mundo está cambiando. Por un lado, la posibilidad de tomarse selfies ha revolucionado la manera de contarnos en imágenes sin intermediarios. Esto ha detonado un movimiento mundial para asumir de forma positiva nuestros cuerpos. Por otra parte, cada vez más mujeres hacen parte de la industria editorial y audiovisual; es decir, las miradas se están diversificando.

La pregunta no es si una mujer debe o no desnudarse, es si el desnudo es ético. Es decir, sin explotación, con consentimiento y respeto. Para eso hay que preguntarse quién toma las decisiones sobre esa imagen y quién se lucra o beneficia de ella.

Fuente: Revista Cromos. Texto: Catalina Ruiz-Navarro.

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